Pasadas casi ya tres décadas de los comienzos de la «revolución sexual», los cambios pueden parecer bruscos y moderados a un tiempo. Entre relicarios y modelos de conducta transmitidos electrónicamente, entre el temor a la religión y la ansiedad por modernizarse, entre los prejuicios y la búsqueda de status, la sociedad mexicana secularizó sus cuerpos. Surgieron espacios reconocidos para la disidencia aunque la derecha y la Iglesia aún persistan - sin mayor predicamento - en retrasar el reloj de la moral social.
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