Trataremos de dar respuesta aquí a lo que aparece como la paradoja más evidente de la sociedad mexicana y en cierta forma también de América Latina, en este fin de milenio: por un lado, una tendencia al fortalecimiento de ciertos rasgos propios de los regímenes democráticos: renacimiento del juego partidista, elección de gobernantes por voto universal, legalidad jurídica e institucional, cierto equilibrio entre los poderes, etc., lo que ha permitido hablar de un "tránsito hacia la democracia" y hasta de una "consolidación de la democracia"; y, por otro lado, una creciente desigualdad social, la precarización de cada vez más amplios sectores poblacionales una desorganización acelerada y, en el extremo, una tendencia a la anomia social; pero en tercer lugar, y al mismo tiempo, un afianzamiento del liderazgo personalizado.
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