Entre 1931 y 1939, la política laicista republicana intentó suprimir los recursos espaciales de santificación incluso en el callejero urbano, ya que resultaba ser un proceso de acuartelamiento de lo sagrado que facilitaba la exención de aquella obediencia hasta entonces debida a los principios que la religión vehiculaba a través de sus ritos y manifestaciones omnipresentes. Estas medidas adoptaron un contenido anticlerical evidente.
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