La luna llena presta su luz a la tibia noche de la incipiente primavera. Su resplandor plateado deja ver -arriba-, majestuoso, el castillo con sus almenas de siglos y, al lado, la imponente mole del templo parroquial del apóstol San Pedro. En su interior, un incesante ir y venir anuncia que algo importante va a suceder. Sobre Cornago ha caído ya la oscuridad de la noche de Viernes Santo. Comienza la procesión. Se detiene el tiempo.
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