Introducción La definición más aceptada de la «medicina basada en la evidencia» es la de la utilización consciente, explícita y juiciosa de la mejor evidencia científica clínica disponible para tomar decisiones sobre el cuidado de pacientes individuales. Por tanto, poner en práctica la medicina basada en la evidencia pasa por conocer cuál es la mejor evidencia científica, y de ahí que sea fundamental conocer cómo y dónde podemos identificarla. En la actualidad, la cantidad de información científica que se presenta en distintos congresos y que se publica en las numerosas revistas de ciencias médicas es abrumadora. La aparición y la difusión de Internet han facilitado, en gran medida, el acceso a esta información, pero, en la misma medida, ha hecho que la cantidad de datos acerca de cualquier enfermedad de la que puede disponer cualquier facultativo resulte inabarcable1. La búsqueda de una información clínica concreta en Internet da como resultado el enlace a miles de páginas web, tantas que hacen que esa información, por excesiva, resulte ineficaz, ya que revisar todas ellas para identificar las que más nos interesan sería una tarea imposible. A modo de ejemplo, si introducimos el término enfermedad de Crohn (Crohn's disease) en cualquiera de los buscadores de Internet actualmente disponibles encontraremos más de 2 millones de direcciones con información relacionada, lo que evidentemente supone una cifra desorbitada. Además, disponemos actualmente de un número inagotable de fuentes de información; así, se publican anualmente más de 20.000 revistas y más de 10 millones de referencias en MedLine; siguiendo con el mismo...
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