En una sociedad donde predominaban la pobreza y la enfermedad, los hospitales de una ciudad eran un indicativo de la economía más o menos fructífera de ese territorio. A ellos acudían enfermos con las más variadas dolencias, aunque a veces se refugiaba en ellos gente sin medios económicos, que simplemente intentaba sobrevivir, y no faltaban, por supuesto, las personas pías y caritativas que pretendían conseguir la salvación de su alma a cambio de dejar su mucha o poca fortuna a estas entidades.
Los primeros hospitales fueron una especie de albergues, los cuales dependían casi siempre de la iglesia, siendo la máxima autoridad el Obispo de la diócesis. Allí tenían cabida tanto los pobres y menesterosos como los realmente enfermos.
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