Miles de españoles participaron en la segunda guerra mundial en alguno de los dos bandos enfrentados. Lo hicieron por convicción. Dejando su sangre en el norte de África, helándose en las estepas rusas, internándose en las selvas de Guadalcanal o patrullando los cielos europeos. Algunos se convirtieron en héroes y, los más, en soldados anónimos. Aún se les debe un merecido reconocimiento.
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