Hay una novela de Laura Restrepo que contagia al lector el odio en carne viva de sus personajes. Se titula Leopardo al sol y relata el odio atávico que se profesan dos familias, los Barragán y los Monsalve. Ese odio es un desprecio vil que llega a ser la sustancia de sus vidas, que se prolonga más allá de la muerte, cruel y violenta, de unos contra otros. Hay un momento de la novela en el que Laura Restrepo trenza con sus palabras de hierro un discurso sobrecogedor sobre las muertes que no han dejado espacio aparente a la fe, al amor o a la esperanza. "A estas temperaturas, ¿consiguen los muertos el descanso eterno?", se pregunta uno de los personajes en medio de un paisaje de fosas recalentadas por un sol sin clemencia. Y su interrogante se suma a las voces que lloran a Narciso, otro de los personajes, que acaba de morir: "iPobre de ti, Narciso, lástima de tu guapura desbaratada!", "iTus ojos negros, se los tragará la tierra!", "iAy de tus divinos ojos, Narciso Barragán, que allá abajo no verán nada, no encontrarán a nadie!", "iMataron a Narciso, El Lírico! iLo hicieron los enemigos! iNo tuvieron piedad con su cuerpo, asesinaron hasta su alma!".
Ese coro de lamentos literarios ha tenido un correlato perfectamente real con ocasión del fallecimiento de Michael Jackson, unos de los episodios más destacados de los últimos meses. Su muerte ha contribuido a airear casi todos los detalles de su vida arriesgada y breve, desde su éxito imparable hasta algunos rincones oscuros y vergonzantes. Pero también ha aireado las enfermedades, las carencias y algunos de los vicios de la sociedad que lo encumbró y que ahora lo llora.
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