Atribuidas al pintor indígena quiteño Miguel de Santiago, las once pinturas de la serie del Alabado fueron realizadas con destino al Convento de la Purificación de la Orden de San Francisco de la ciudad de Santa Fe, capital del Nuevo Reino de Granada, en la segunda mitad del siglo XVII. Los lienzos se presentan como la narración pintada de un sermón que ofrecía las pruebas de la redención del pecado original hecha a la Virgen María en el momento de su concepción, realizada por su hijo Jesucristo al vencer en la cruz al basilisco infernal como portador del pecado original.
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