Apegado al ritmo de las estaciones, el campesino experimenta el tiempo de manera concreta, cíclica y bipolar, otorgando un antagónico sentido mitopoético a la primavera-verano y al invierno. Frente a los rituales y fiestas del buen tiempo, imitativos con la naturaleza, la temposensitividad invernal sugiere el desorden y la subversión carnavalesca, conjura simbólica al tiempo nefasto del frío, la noche y la muerte.
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