A lo largo de la campaña asiática, Alejandro establece un proceso de imitación de diversas divinidades, especialmente Aquiles, Heracles y Dioniso. Esta elección no parece aleatoria, sino que más bien responde a la constitución por el conquistador de una especie de camino de soberanía hacia la divinidad, un estatuto cuya obtención aseguraría la imposición de su autocracia.
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