En el diario quehacer hospitalario, al pediatra se le presentan con frecuencia, dilemas bioéticos que lo obligan a la toma de decisiones morales, respecto a la vida y la muerte. Los principales ambientes, donde estos se presentan, son: la sala de parto, el servicio de recién nacido y la unidad de cuidados intensivos.
Sin embargo, estos conflictos también ocurren en la atención de niños con enfermedades crónicas o terminales, entre otras.
El niño, posee dignidad como sujeto, con derechos propios; derivados de su esencia como ser humano, que no deben ser menospreciados ni irrespetados. De allí que en la toma de decisiones médicas, el pediatra siempre debe respetar la vida humana (principio de sacralidad de la vida), y evitar incurrir en el niño enfermo, en extremos peligrosos, que lo lleven a la futilidad o encarnizamiento terapéutico, que solo busca prologar su vida biológica; o al desinterés en su atención, por las consecuencias negativas que la enfermedad, pueda ocasionar en la familia. En el ejercicio de la pediatría, es necesario reconocer la importancia del niño como individuo, en el contexto familiar y social; y el impacto que la enfermedad, tiene en sus ámbitos físico, psicológico y espiritual. El pediatra por lo tanto, debe poseer excelente formación académica y sólida educación en valores, que le permitan la adecuada reflexión moral, en la toma de decisiones; siempre en procura del bien para el niño y respetando por encima de todo, su dignidad como persona
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