Darío Fernández-Flórez inicia en 1944 con Zarabanda una narrativa de erotismo intelectualizado y ambiente amoral que no tuvo ningún eco. Seis años después publicará Lola, espejo oscuro, las memorias de una prostituta de alto copete. La novela suscitó un gran escándalo y su éxito fue inmediato. Aunque el tema y su tratamiento eran inusitados en aquellos momentos porque la obra daba al traste con los estrictos valores morales que sustentaban el régimen franquista, la novela fue publicada sin recortes; la censura hizo oídos sordos a todas las voces que alertaban de su peligro. Este hecho tiene una explicación: Darío Fernández-Flórez ocupaba un cargo importante en el Servicio Nacional de Propaganda. Tras su cese, los censores serán menos benevolentes.
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