A partir de 2001 comienza a darse una proliferación del uso de cámaras digitales ligeras, en concreto de formato Mini-Dv, para la realización de obras cinematográficas que se exhiben en los circuitos masivos. Bajo la bandera de la democratización de la cultura, los nuevos sistemas digitales proporcionan nuevas posibilidades que van más allá del aspecto presupuestario y han llevado tanto a directores ya consagrados como más jóvenes a utilizar estas herramientas. Uno de los últimos cineastas en adherirse a esta tendencia no es otro que el siempre sorprendente David Lynch, quien con su Inland Empire exprime todo su universo creativo apoyándose en las ventajas de las actuales cámaras digitales. El último filme de Lynch supone un interesante ejercicio de libertad creativa y coloca los cimientos de lo que parece ser una nueva manera de producir y ver cine.
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