Era bajo y robusto. Tenía un rostro redondeado y afable, a pesar de su piel curtida, probablemente cincelada por el frío y el sol implacables de los Himalaya. Llevaba la cabeza pulcramente rapada. Vestía con cierto desaliño y cargaba con una pequeña bandolera descolorida. Se me fue acercando muy despacio, casi de puntillas, sin dejar de sonreír. Adornaba sus pasos con pequeñas reverencias, como si temiera que en cualquier instante yo fuese a escapar. En un par de ocasiones juntó las palmas extendidas de ambas manos, un gesto oriental de saludo y gratitud. Corría el mes de octubre de 2006 y yo contemplaba la vida a su paso por la plaza Durbar de Katmandú, el centro histórico de la capital de Nepal, entre templos hinduistas y palacios reales tan majestuosos como decadentes. No podía imaginar que aquel hombre encerraba en su biografía buena parte de la historia del sudeste asiático.
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