En 1935 un sector cualitativamente fundamental de la intelectualidad española era sensible a las relaciones entre arte y revolución, literatura y revolución, teatro y revolución. Y es que, al calor de la revolución asturiana de octubre de 1934 -pero sobre todo de su posterior y brutal represión por parte del gobierno republicano de Lerroux, que contaba con ministros de la CEDA de Gil-Robles-, la intelectualidad española se vio comprometida a responder, individual y colectivamente, a la radicalización de la lucha de clases. El populismo reformista y burgués de los anteriores gobiernos republicanos estallaba en mil pedazos porque en 1934 resultaba totalmente insuficiente ante el ascenso de las fuerzas revolucionarias.
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