La lectura es una actividad que con frecuencia se convierte en pasión, necesidad. Eso suele conducir por los caminos de la velocidad: hay que dar cuenta de un libro para empezar el siguiente; los volúmenes se acumulan en el estante; la vida se hace más y más breve en la medida en que vemos el tiempo pasado y las lecturas que todavía nos faltan. Eso produce una aceleración, un vértigo, que impide pararse a pensar. Por esta razón a veces hago marcas en los márgenes de los libros y reviso lo señalado para descubrir que mis ojos han sobrevolado maravillas que no recordaban. A lo largo de 2006 mi tarea de lector me deparó muchas sorpresas.
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