Cuatro pilares sostienen la amplia gama de metodologías y herramientas para el control de las plagas. Uno de ellos es la mejora genética, clásica o no. Gracias a la introducción de genes de tolerancia y resistencia en variedades comerciales, es posible el cultivo de éstas en muchas zonas donde la presión de determinadas plagas lo hacía imposible. La genética, junto con las medidas preventivas culturales, dificulta la implantación de agentes nocivos en los cultivos evitando que sus poblaciones sean altas y puedan ocasionar pérdidas importantes en cantidad y calidad de la cosecha. Sin embargo, una vez el agente se instaura en una plantación, si el vegetal no presenta resistencia o tolerancia, las armas que quedan para su control son básicamente los denominados plaguicidas (productos fitosanitarios) y los agentes de control biológico (insectos beneficiosos).
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