La palabra está unida a la vida: si no hay vida, tampoco puede haber palabra genuina. Así ante la vida amenazada, la palabra enmudece: la violencia silencia a las víctimas, callando el agredido denuncia al agresor. Así lo vemos en los casos de Abel y José, Jeremías y el Siervo de Yahvé, Jesús. Pero la palabra puede ser también liberadora y rescatar la vida cuando el que sufre llega a expresar su dolor. Esto puede darse si hay confianza: así sucede con los "pequeños" que acuden a Jesús en situaciones de "vida amenazada". Apocalipsis 12 proclama el triunfo de la vida a través de la lucha, inevitable en este mundo, donde estamos siempre llamados a protegerla solidariamente.
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