El sentido de una palabra está en el pensamiento y sólo se hace manifiesto a través de dicha palabra. Pero la información que conlleva la misma es equívoca si hacemos abstracción de un lugar y de un tiempo. Sea el tiempo actual. Se trata, pues, de la determinación de un lugar, de indagar acerca del territorio. El estudio propuesto trata, pues, de geografía, pero no es geografía; acaso geografía humana. Concierne al habla, pero su objeto directo no es la lengua. No es tampoco, en sentido estricto, etnografía ni antropología cultural. Pero siendo un poco todo ello, no puede prescindir de nada. Sólo uno de sus conceptos, quizá, presida todo el conjunto y reúna la doble condición de ser complejo y a la vez simple: área elemental. El concepto de área elemental descansa en la idea fecunda de considerar el sentido de algo (en este caso, de un nombre) como el uso que se hace de dicho «algo», de dicho nombre, en algún lugar. Un aquí. Un ahora. Una palabra o significante. Un significado. Eso es todo. Y esta simplificación extrema permite a su vez una clara y depurada libertad especulativa.
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