Las elecciones israelíes del 28 de marzo para la décimo séptima legislatura de la Knesset, y consiguiente formación de un nuevo Gobierno, tienen lugar en un escenario muy complejo, crispado por una serie de acontecimientos en el difícil entorno de un revolucionado Oriente Medio y también en un momento muy especial de la propia situación interna. Coinciden estos comicios con el triunfo de Hamas en las recientísimas elecciones palestinas, con el aluvión de condenas y protestas a gran escala por la publicación de unas caricaturas de Mahoma, la peligrosidad del proyecto iraní de enriquecimiento de uranio, y de un Irak amenazado de guerra civil dentro de un desestabilizado e insostenible panorama.
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