La duda sobre la fiabilidad de nuestros sentidos ante la percepción del mundo real reaparece con fuerza frente a las posibilidades de algunas tecnologías que, como la realidad virtual o la simulación por ordenador, van mucho más allá de los límites sensoriales. El autor pone en evidencia estas limitaciones, al mismo tiempo que constata su eficacia para desvelar el funcionamiento del propio cerebro.
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