Al recorrer con entusiasmo y credulidad la versión inglesa de cierto filósofo chino, di con este memorable pasaje: 'A un condenado a muerte no le importa bordear un precipicio, porque ha renunciado a la vida'. En este punto el traductor colocó un asterisco y me advirtió que su interpretación era preferible a la de otro sinólogo rival que traducía de esta manera: 'Los sirvientes destruyen las obras de arte, para no tener que juzgar sus bellezas y sus defectos'. Entonces, como Paolo y Francesca, dejé de leer. Un misterioso escepticismo se había deslizado en mi alma
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