Contra lo que suele pensarse, la ética y la filosofía de la historia no suponen dos compartimentos estancos dentro del criticismo, sino que se hallan estrechamente relacionados, a modo de vasos comunicantes, al igual que lo están las respuestas dadas a la segunda y tercera de sus célebres preguntas. A fin de cuentas, la moral kantiana no sabe renunciar a una suerte de imperativo elpidológico que cumplimente cabalmente al categórico. El hombre no puede prescindir de la esperanza, pues ha de creer en el éxito de sus proyectos, y esa será la función ejercida por ideas tales como "Dios", "Naturaleza" o "Destino": proporcionar el talante o estado anímico adecuado para no tomar nuestros afanes morales por tareas quiméricas o imposibles, dotarnos de la confianza necesaria para sortear cualquier linde que pretenda cercar nuestra libertad y obstaculizar la paulatina remodelación nouménica del mundo fenoménico. De ahí el precepto kantiano de que "si debo, puedo"
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