Al finalizar la Guerra Civil las autoridades franquistas establecieron un campo de concentración en la población extremeña de Castuera. Dicho campo funcionó como espacio de internamiento y clasificación de prisioneros de guerra y centro de represión comarcal. Y en él, la dictadura franquista aplicó a los prisioneros un proceso sistemático de brutalidad física y psíquica que conllevó la eliminación selectiva de los individuos más significados con el régimen republicano. Tanto fue su impacto sobre el entorno más próximo, que el campo y su recuerdo actuaron durante mucho tiempo como detonante de un miedo que cercenó la disidencia y favoreció, en numerosos casos, la identificación con los valores del nuevo Estado.
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