Somos la generación de la paz, la libertad y los adelantos técnicos. Vivimos mejor de lo que nadie ha vivido nunca. Nuestros abuelos no podían ni soñar con lo que tenemos. Sin embargo, a menudo reconocemos que todavía no somos felices; e incluso que, en general, estamos menos conformes y satisfechos que ellos. Es como si una especie de trampa del destino nos hubiera sumido en la perplejidad, una vez perdido todo asomo de lo que en tiempos se llamó sabiduría de la vida.
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