La política fiscal exige el dominio manual y plástico del presupuesto. Este dominio implica el control omnipotente de la res publica. Como creemos en la existencia de Leviathan y es evidente que es ingobernable, nace muerta cualquier posibilidad práctica de política fiscal. Mejor y más extremo que Leviathan es nuestra concepción mecanicista del Estado como una Máquina impersonal, amoral y autónoma. Nadie la domina. En lo sucesivo hablaremos de La Máquina para invalidar la posibilidad práctica de la política fiscal.
En general la política fiscal busca el control del presupuesto: impuestos y gastos públicos para manipular la demanda agregada y mediante ella lograr los objetivos de crecimiento del PIB, pleno empleo y/o el control de la inflación. Significa que el Estado juega como un comprador o influyendo en otros compradores para influir en los productores. No es deseable esta sustitución porque el comportamiento de los consumidores sigue una ruta social y psicológica estable que determina una demanda permanente que sirve de guía a los productores. La conducta del Estado ni es permanente ni es estable sino errática y provoca trastornos en el sistema en mucho mayor proporción que soluciones.
Las manipulaciones presupuestarias inciden inevitablemente en el mercado monetario:cantidad de dinero y tipos de interés. Estas incidencias son indeseadas y neutralizan las supuestas logros de una política fiscal. Las actividades monetarias compensadoras se cruzan con las fiscales y desconciertan el mercado de bienes.
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