La percepción social de la adolescencia y la juventud como un problema no es una novedad. Los jóvenes han resultado ser desde siempre un grupo social objeto de preocupación para el mundo adulto, que se ve reflejado como en un espejo que les devuelve una imagen no siempre agradable. Los jóvenes son, de hecho, objeto de exaltación y preocupación al mismo tiempo, y en esta paradoja radica precisamente la clave que hace de la juventud una categoría socialmente construida que sintetiza las contradicciones de la mirada adulta. Con frecuencia las chicas están ausentes de estos estudios o, en todo caso, su papel se tipifica como secundario, pasivo o complementario al de sus iguales masculinos.
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