Las sociedades occidentales del siglo XXI viven el momento de mayor longevidad de la historia. Esa vitalidad se proyecta en imágenes que compartimos a diario: la fotografía se ha convertido en un lenguaje casi universal. La utilizamos también en los instantes más difíciles, como la pérdida de un familiar, cuando acudimos a una imagen del pasado para evocarlo. Sin embargo, en algunos rincones de nuestro país pervivió hasta hace apenas unas décadas una tradición de raíz decimonónica: retratar a los difuntos. Una práctica hoy olvidada que permitía a las familias fijar la memoria del ser querido. Imágenes que, vistas desde nuestra sensibilidad actual, resultan sorprendentes y que a las nuevas generaciones remiten, no sin extrañeza, a escenas propias del cine de terror.
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