El colesterol es un componente esencial de todos los tejidos, ya que forma parte de la estructura de las membranas celulares y es un precursor inmediato de una serie de sustancias esenciales tales como vitaminas, hormonas esteroideas y ácidos biliares.
En condiciones fisiológicas las entradas y salidas de colesterol en el organismo están coordinadas y equilibradas con el objeto de garantizar la disponibilidad de las cantidades adecuadas de colesterol para satisfacer las necesidades de los distintos tejidos (fig. 1). En condiciones patológicas hay un desequilibrio entre estos mecanismos, lo que lleva a un incremento en los niveles circulantes de colesterol dando lugar a procesos patológicos como hiperlipemias, ateroesclerosis y cálculos biliares. El hígado juega un papel central en la regulación de la homeostasis del colesterol. La molécula entra en el hígado en forma de quilomicrones y lipoproteínas de baja densidad (LDL) mediante receptores lipoproteicos y es este órgano el más importante en la biosíntesis de novo del colesterol a partir del acetil-coenzima A, mediante una reacción enzimática en cascada en la que la enzima 3-hidroxi-3 metil glutaril CoA reductasa (HMG-CoA) es la clave de todo el proceso. El colesterol se encuentra en el hígado en forma de ésteres de colesterol o como colesterol libre.
La dos vías más eficaces para la eliminación del colesterol corporal se encuentran dentro del hígado con la degradación del compuesto a ácidos biliares y la secreción biliar del colesterol. La conversión a ácidos biliares recorre una serie de pasos enzimáticos en los que la formación de 7 α-hidroxicolesterol por la enzima colesterol 7 α hidroxilasa e clave en todo el proceso. La secreción biliar de colesterol es de 600 mg/día.
Tanto la abundancia y universalidad del colesterol en los seres vivos como sus implicaciones clínicas ponen de manifiesto la importancia y el interés de este compuesto.
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