La creación la Armada Invencible requirió una colectivización de esfuerzos, que alcanzó tanto al erario público como a los bienes particulares. Uno de los recursos para limitar el costo de la empresa sería el embargo de naves mercantes privadas, usualmente dotadas de artillería, para su integración en la Armada. Se lanzaron así órdenes a los principales puertos del país, solicitando de las autoridades locales la búsqueda y valoración de los barcos susceptibles de envío, y el embargo de los más capaces.
El marqués de Santa Cruz y el contador Bernabé de Pedrosa pronosticaron, en un primer bosquejo de conteo, la disponibilidad de hasta veinticinco barcos en Sevilla y Cádiz, sumando a los galeones reales, las “otras naves que se podrán tomar”. El memorial de 13 de mayo de 1587 recogería las labores de búsqueda y selección de esas “otras naves”: quince buques que, por aprestarse para zarpar en la próxima flota de Indias, aseguraban buen mantenimiento y notable capacidad de carga. Entre ellos localizamos ya “la nao de Gonzalo Monte”, que otros documentos permiten identificar, sin ningún género de duda, con la nao Santa María de Montemayor. La tradición naval moguereña se internaba así en la expedición de la Invencible
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