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Infravalorado durante mucho tiempo, y más importante para las abadías cistercienses femeninas que para las masculinas, el patronazgo aristocrático desempeñó el papel más importante para determinar la posición ocupada por una comunidad en las instituciones medievales. En Aragón y en Castilla, el patronazgo ofreció a las comunidades mucha autonomía respecto a la autoridad de la Orden cisterciense y de otros poderes eclesiásticos o seculares. Por tanto, no necesitaban ninguna forma de federación autoorganizada para hacerles frente, y sus contactos mutuos eran más escasos de lo que se ha pensado durante mucho tiempo. Su capacidad para resistir a la creciente presión de la autoridad cisterciense a lo largo del tiempo dependió de la continuidad de este patronazgo en la Baja Edad Media. El patronazgo real, como en Las Huelgas de Burgos, era sólo una excepción a la norma.
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