Tras la humillante derrota en Stirling Bridge, el rey inglés decidió tomar cartas personalmente en el asunto. Así, reunió un numerosísimo ejército dotado de una gran cantidad de arqueros y, con el propio rey a la cabeza, se internó en Escocia dispuesto a sofocar de una vez por todas la rebelión. Así se pusieron las bases para la que sería la mayor batalla hasta entonces librada en el curso de la guerra, una que cambiaría el curso de los acontecimientos.
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