La mañana del 11 de septiembre de 1297, las aguas del Forth separaban dos formas muy distintas de hacer la guerra. Al sur del río, John de Warenne, conde de Surrey, y Hugh de Cressingham, tesorero de Escocia, habían reunido un ejército que sobre el papel parecía muy superior. Frente a ellos, al norte del puente de Stirling, William Wallace y Andrew de Moray aguardaban con una fuerza compuesta en su mayoría de infantes. La caballería pesada, principal instrumento de combate de los grandes ejércitos feudales, era muy escasa entre los escoceses. Sin embargo, el terreno y el propio puente iban a convertir aquella aparente inferioridad en su principal ventaja.
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