El rey Alejandro III de Escocia se consagró como gobernante de un reino pacífico y próspero. Ejerció con mano de hierro su autoridad y pudo gobernar sin oposición. Un poeta recordaba aquellos años como una época de “cerveza y pan, vino y cera, juegos y alegría”. Pero con la repentina y catastrófica muerte del rey, en marzo de 1286 –que dio paso a décadas de conflicto–, el “oro de Escocia se convirtió en plomo”.
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