Cuando pensamos en la movilización femenina en la Guerra Civil española, acuden a nuestro imaginario los desfiles de milicianas antifascistas, las fábricas de armas y municiones o la propaganda para la constitución de un ejército de reserva en la retaguardia. Rara vez asociamos la agencia política con las mujeres conservadoras y la ocupación de la esfera pública con las amas de casa católicas. Pero desde hace ya algunos años, una corriente de investigación fecunda demuestra que los conflictos armados del siglo XX no fueron solo cosa de hombres y que las facciones “blancas o azules” de los bandos en lucha instrumentalizaron a señoras y señoritas en funciones casi idénticas a las de las “rojas revolucionarias” desde, al menos, 1917 en adelante. El estallido del conflicto el 18 de julio de 1936 provocó una decapitación inmediata de las estructuras de liderazgo de la derecha española. Con las figuras masculinas de la Falange, la CEDA o la Comunión Tradicionalista ejecutadas, encarceladas o forzadas a la clandestinidad, se produjo un vacío de poder que obligó a una reconfiguración radical de la jerarquía operativa, lo que motivó que las secciones femeninas de esos partidos, creadas escasos años antes, redoblaran su actividad.
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