El verano romano no tenía nada de mediterráneo en el sentido turístico contemporáneo. Era polvo, sudor, moscas, calles abrasadas y noches casi imposibles de dormir dentro de ciudades superpobladas donde el calor quedaba atrapado entre piedra, humo y multitudes. En lugares como Roma, Pompeya o Antioquía, sobrevivir a julio y agosto exigía una sofisticada combinación de arquitectura, agua, hábitos sociales y pura resistencia física. Mucho antes del aire acondicionado, el Imperio romano desarrolló una verdadera cultura térmica destinada a domesticar el sol: patios interiores, toldos gigantes, fuentes, termas, siestas obligatorias y edificios diseñados para respirar. Bajo el mármol y la gloria imperial existía también una batalla cotidiana contra el calor.
© 2001-2026 Fundación Dialnet · Todos los derechos reservados