Cada época imagina el Apocalipsis utilizando los materiales que tiene más cerca. La Edad Media soñó con trompetas celestiales, jinetes y mares de fuego; la Guerra Fría imaginó hongos nucleares; el siglo XXI prefiere algoritmos descontrolados, pandemias, apagones globales y ciudades abrasadas por el clima. Pero detrás de todas esas versiones del fin hay una constante mucho mas terrenal y sorprendentemente estable: alguien siempre encuentra la manera de hacer negocio con el miedo. Desde vendedores de reliquias y predicadores milenaristas hasta fabricantes de refugios atómicos y multimillonarios que acumulan tierras en Nueva Zelanda, el Apocalipsis nunca ha sido solo una fantasía religiosa o política. También ha sido un mercado extraordinariamente rentable.
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