Se simplifican fonemas, desaparecen las tildes, se incluyen grafías en inglés, se interpretan las letras en función de su contexto, se usan onomatopeyas en el código escrito. Así nace una nueva ortografía, una "aberración" para unos, pero una estrategia rebelde y anárquica para otros. La autora, lejos de censurar, da algunas pistas para aprovechar las potencialidades del nuevo código en las aulas.
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