México
Desde la primaria me autopercibía diferente a los demás niños. Si bien nunca sentí atracción por ninguno de mis compañeros, lograba detectar fijación por ciertos personajes masculinos de la televisión. En esta etapa, los señalamientos sobre mi orientación fueron casi nulos, pues siempre se me vinculó con otra niña del grupo, éramos “la parejita” del salón. Durante los primeros tres años solo me juntaba con hombres, pero comenzó a hartarme esta convivencia. No existían conversaciones, no había momentos en los cuales pudiéramos hablar de nosotros y conocernos. La mayoría de las interacciones con este grupo era para jugar cualquier cosa que no involucrara el diálogo profundo, ya que existe una superficialidad en nuestras relaciones masculinas y una imagen irreal de nosotros mismos cuando el aspecto emocional es excluido de nuestro desarrollo de personalidad y experiencias.
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