No son pocos los pensadores, escritores y cineastas que han alabado el potencial experiencial, poético y cinematográfico de salir de una sala de cine. Poder abandonar el edificio donde se proyectan películas parece tan importante para entender la patrimonialidad del cine como lo son las propias películas proyectadas. Este texto cuestiona, a través del final de Goodbye, Dragon Inn (2003) de Tsai Ming-Iiang y el cierre del videojuego Club Penguin (2005), el papel que pueden tener las puertas (o la falta de ellas) en la construcción de nuestra relación emocional y aurática con el cine, ya sea proyectado o cibernético.
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