Los artistas se han retratado a así mismos con el fin de reivindicar su trabajo como una ocupación eminentemente intelectual. Rubens y Rembrandt hicieron de su persona un tema privilegiado de su pintura, el primero fijando para siempre en su lienzo a sus seres queridos y, el segundo, escrutando obsesivamente su rostro durante casi cincuenta años. Por otro lado, Las meninas de Velázquez es el mejor y más inteligente alegato a favor de la pintura que se haya hecho jamás
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