la quiebra de las certidumbres que acusan las personas jóvenes ha producido un cambio en la relación que tienen con el concepto "tiempo". No ven el futuro como algo que se pueda planificar, como un horizonte estable. Se han acostumbrado a vivir como si el futuro fuera una prolongación del presente. Esto provoca que no tomen decisiones a largo plazo, sino que planifiquen sus vidas con más flexibilidad y menos compromiso haciendo de la adaptación una virtud. Esta provisionalidad tiene importantes costes emocionales, afectando incluso a la configuración de las identidades adultas. El riesgo es que esta normalización de las incertidumbres derive en una aceptación estructural de la desigualdad y en una fractura intergeneracional cada vez más profunda.
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