Las tres primeras décadas del siglo XXI obligan a formular un diagnóstico sombrío: las democracias afrontan nuevos retos y amenazas, más de carácter endógeno que exógeno. Quienes erosionan la calidad de sus instituciones y procesos, adoptando tendencias autocráticas, son representantes democráticamente elegidos, que ocupan posiciones de gobierno o han recibido un notable apoyo electoral en las urnas.
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