La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel, de elevada prevalencia y curso heterogéneo, que debe entenderse actualmente como un trastorno sistémico complejo en el que interactúan alteraciones de la barrera cutánea, desregulación inmunitaria, disbiosis del microbioma y mecanismos neuroinflamatorios responsables del prurito. Su impacto trasciende la esfera dermatológica, afectando de forma significativa a la calidad de vida, el sueño, la salud mental y el funcionamiento social, especialmente en población pediátrica y en formas moderadas o graves. Los avances en genética, inmunología y biología cutánea han permitido identificar ejes inflamatorios clave, fundamentalmente mediados por citocinas tipo 2, así como comprender la diversidad de fenotipos clínicos según edad y contexto. El diagnóstico es esencialmente clínico y debe apoyarse en una evaluación integral que incluya comorbilidades atópicas, infecciosas y psicosociales. El manejo óptimo se basa en una estrategia escalonada que combina educación terapéutica, cuidados de la piel, tratamientos tópicos y, en casos seleccionados, terapias sistémicas. La introducción de terapias dirigidas, como los biológicos anti-IL-4/IL-13 y los inhibidores de JAK, ha transformado el pronóstico de la enfermedad, permitiendo alcanzar objetivos de control sostenido antes inalcanzables. El futuro de la dermatitis atópica se orienta hacia un abordaje cada vez más personalizado y precoz.
Atopic dermatitis is a chronic inflammatory skin disease with high prevalence and marked clinical heterogeneity, currently recognized as a complex systemic disorder involving skin barrier dysfunction, immune dysregulation, microbiome imbalance, and neuroinflammatory mechanisms underlying pruritus. Its burden extends beyond the skin, significantly impairing quality of life, sleep, mental health, and social functioning, particularly in pediatric patients and in moderate-to-severe disease. Advances in genetics, immunology, and cutaneous biology have identified key inflammatory pathways, predominantly driven by type 2 cytokines, and have clarified the diversity of clinical phenotypes across different ages and populations. Diagnosis remains primarily clinical and requires a comprehensive assessment of associated atopic, infectious, and psychosocial comorbidities. Optimal management relies on a stepwise approach combining patient education, skin care measures, topical therapies, and, when indicated, systemic treatment. The advent of targeted therapies, including anti–IL-4/IL-13 biologics and Janus kinase inhibitors, has profoundly changed disease outcomes, enabling sustained disease control previously unattainable. Future management of atopic dermatitis is moving toward earlier intervention and increasingly personalized therapeutic strategies.
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