En la actualidad, diversas producciones tecnopoéticas exploran prácticas colaborativas que involucran elementos orgánicos, seres vivos y entidades artificiales, cuestionando las nociones de autonomía y agencia de los actores no humanos. La obra de la artista colombiana Claudia Robles Ángel se inscribe en este campo co-creativo al incorporar la capacidad de acción de señales corporales como la transpiración, los latidos cardíacos, la actividad cerebral o la conductividad de la piel. Este trabajo analiza cómo el uso de datos biométricos y señales fisiológicas en el vínculo entre cuerpo, tecnología y entorno constituye, en este caso, una respuesta a la saturación tecnificada del presente: una reapertura del sensorio que habilita otras formas de habitar, sentir y componer lo común, más allá del humanismo moderno.
Para abordar estas tensiones en el campo de la sensibilidad, se retoma el texto Estética y anestesia de Susan Buck-Morss, en diálogo con los debates del posthumanismo y los nuevos materialismos. Volver sobre los orígenes de la estética como discurso del cuerpo y la percepción permite redefinir, en clave benjaminiana, la dimensión política del arte como una práctica que no evita las tecnologías, sino que las atraviesa desde el poder instintivo de los sentidos. En este marco, el concepto de sym-poiesis de Donna Haraway resulta clave para pensar prácticas que hacen perceptibles las cualidades performativas de un cuerpo en alianza con lo no humano.
Siguiendo esta línea, y en diálogo con las reflexiones de N. Katherine Hayles sobre los procesos cognitivos no conscientes, el análisis de distintas obras de Robles Ángel permite señalar la emergencia de espacios de co-creación que reactivan la aísthesis como práctica de resensibilización.
At present, various technopoetic productions explore collaborative practices that involve organic elements, living beings, and artificial entities, questioning notions of autonomy and agency attributed to nonhuman actors. The work of the Colombian artist Claudia Robles Ángel is situated within this co-creative field by incorporating the agential capacity of bodily signals such as perspiration, heartbeat, brain activity, and skin conductivity. This article analyzes how the use of biometric data and physiological signals in the relationship between body, technology, and environment constitutes, in this case, a response to the technified saturation of the present: a reopening of the sensorium that enables other ways of inhabiting, sensing, and composing the common beyond modern humanism.
To address these tensions within the field of sensibility, the essay revisits Aesthetics and Anaesthetics by Susan Buck-Morss, in dialogue with debates in posthumanism and new materialisms. Returning to the origins of aesthetics as a discourse of the body and perception allows for a redefinition—through a Benjaminian lens—of the political dimension of art as a practice that does not avoid technologies but rather traverses them through the instinctual power of the senses. Within this framework, Donna Haraway’s concept of sym-poiesis becomes key to thinking about practices that render perceptible the performative qualities of a body in alliance with the nonhuman.
Following this line of inquiry, and in conversation with N. Katherine Hayles’s reflections on nonconscious cognitive processes, the analysis of several works by Robles Ángel highlights the emergence of spaces of co-creation that reactivate aisthesis as a practice of resensitization.
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