Estas dos corrientes migratorias internacionales se cuentan entre las más importantes acaecidas en América Latina, aunque su futuro sea incierto, puesto que, tanto Argentina como Venezuela, pueden perder sus tradicionales ventajas comparativas como países de atracción. Las provenientes de Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile hacia la Argentina, se han generado por las muy especiales características de la agricultura argentina, deficiente en mano de obra. En un primer momento, los inmigrantes limítrofes, a excepción de los uruguayos, se establecen en las provincias periféricas más cercanas para, más tarde, desplazarse hacia el Gran Buenos Aires, a partir de los años sesenta, y radicarse mayoritariamente, salvo los chilenos y brasileños, en dicha aglomeración. Escasos en número durante largo tiempo, en relación con los inmigrantes europeos, en los años ochenta acabarán superando, probablemente, al resto de extranjeros.
Los colombianos, en Venezuela se dirigen tanto a los centros urbanos —especialmente a Caracas— como a las zonas rurales, constituyendo, en estas últimas, la cuarta parte de la fuerza de trabajo del país. Comparados con los demás inmigrantes latinoamericanos de Venezuela, se distinguen por su muy reducido porcentaje de personal cualificado, si bien un tercio de éste trabaja en el sector primario, a diferencia de los profesionales de los otros países. El que arrojen, asimismo, los más bajos índices de instrucción de todos los latinoamericanos, incluidos los centroamericanos y caribeños, sólo demuestra el proceso no selectivo de la emigración colombiana, dado su carácter masivo, pues no en vano representan los colombianos, actualmente, no menos de la mitad de toda la emigración latinoamericana hacia Venezuela.
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