En el Antiguo Testamento la comprensión del nombre de Satán/Satanás oscila entre la descripción de una función, la de acusador, sin connotaciones demoníacas, y la personificación de una amenaza contra el hombre y el plan de Dios. Esta última concepción es la que llega al Nuevo Testamento y que se deja ver en los textos en los que se menciona explícitamente a Satanás. En estos textos, salvo dos excepciones, el nombre de Satanás siempre aparece en labios de Jesús y acompañado de verbos que pertenecen a la esfera humana.
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