Esos ídolos ilusorios que Monterrubio aquí denuncia, abundan. Algunos son puerilmente insignificantes, centellean un tiempo y se desvanecen en la mediocridad o el silencio. Otros, en cambio, embaucan y pervierten, lideran a masas ingenuas y las someten, casi siempre con su inicial aprobación.
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