Madrid, España
Este artículo examina la ciencia ciudadana como un conjunto amplio de prácticas que abarca desde el entretenimiento hasta la contestación política, y sostiene que su institucionalización como disciplina académica podría restringir su potencial emancipa-dor. A partir de una genealogía histórica, se muestra que la ciencia moderna surgió fuera de la academia y se nutrió de públicos diver-sos, subrayando la relevancia de saberes no profesionales en la producción de conocimiento. El texto argumenta que los ciudadanos no deben ser caracterizados como ignorantes, dado que poseen competencias situadas y experienciales fundamentales para abordar problemas contemporáneos complejos. Asimismo, propone una apertura ontológica de la ciencia que permita la incorporación de actores heterogéneos en la coproducción de diagnósticos y soluciones. Mediante diversos casos, desde movimientos de pacientes hasta colectivos ambientales, se evidencia que la ciudadanía organizada genera conocimiento valioso para el interés público. El artículo concluye proponiendo un nuevo pacto social que reconozca la ciencia ciudadana como motor de bienes comunes.
This article examines citizen science as a broad spectrum of practices ranging from entertainment to political contestation and argues that its institutionalization as an academic discipline could constrain its emancipatory potential. Through a historical gene-alogy, it demonstrates that modern science emerged outside academic institutions and was supported by diverse publics, highlighting the significance of non-professional knowledge in the production of scientific understanding. The text contends that citizens should not be portrayed as ignorant, as they possess situated and experiential expertise essential for addressing complex contemporary challenges. It further advocates for an ontological opening of science that enables the incorporation of heterogeneous actors in the coproduction of diagnoses and solutions. Drawing on cases ranging from patient movements to environmental collectives, the article shows that organized citizenry generates knowledge of public value. It concludes by proposing a new social contract that recognizes citizen science as a driving force for the production and governance of commons.
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